Las vacaciones, en especial aquellas de la infancia, el tiempo transcurrido sin más obligaciones que la comida o la siesta, eran vividas como particularmente largas. Es probable que ésta experiencia del tiempo dilatado, fluyendo imperceptible, sea común a mucha gente. Si así lo fuera debe haber una razón objetiva para ello.
El tiempo es una riqueza que se valora más cuanto más escasea. Nadie sabe con certeza la cantidad de tiempo de que dispone. Suponemos que tenemos más cuanto más jóvenes somos, cosa que, como todo el mundo sabe, no es cierta. La juventud, por esa imaginación que le hace gozar de un tiempo ilimitado, es época de despilfarro. También en lo referente a la salud, otra valiosa riqueza, le ocurre algo parecido y gasta el joven inexperto inconsciente de su valor.
Nacemos con la fecha de caducidad impresa en los genes, pero como no sabemos leerla, preferimos ignorarlo por lo menos en los primeros tramos de la vida. Conforme nos vamos dando cuenta de sus límites, empezamos a valorarlo de diferente manera.
Al dinero le damos valor antes, ya que en general, la vivencia de sus límites enseguida se hace palpable. El dinero y el tiempo son dos riquezas comparables, ambas nos sirven para intercambiar por otras, y entre ellas también puede haber trueque en algunas ocasiones. Aunque siempre es más fácil cambiar tiempo por dinero que al revés.
El tiempo no se puede ahorrar, pero es verdad que podemos desviarlo y hacer que se deslice por unos asuntos u otros. Lo que no es tan fácil es variar la cantidad y hacerlo fluir gota a gota en lugar de a chorro. En el cuento de la liebre y la tortuga, solamente dice que la tortuga gana la carrera, quizá porque es de sobra conocido que las liebres viven mucho menos que las tortugas. El dinero también es un fluido difícil de contener y aunque lo intentemos parar, siempre hay una pérdida que ahora dicen que es por la inflacción. Antes, cuando la moneda era de oro, también el tiempo fluía más lentamente.
También es una experiencia común que el dinero dura más, pero incluso cunde más, si no lo fraccionamos. La calderilla se pierde más fácil, desaparece como si se evaporara. Una vez no hice caso de un grifo que goteaba y cual no fué mi sorpresa cuando vi los metros cúbicos a pagar en la siguiente factura.
Del mismo modo el tiempo, si lo fraccionamos, lo consumimos en pequeña moneda y desaparece sin que nos demos cuenta en un goteo imperceptible. Las citas, los plazos de entrega, las agendas, acotan el
tiempo, lo hacen pequeño fraccionándolo, crea huecos difíciles de usar y como consecuencia cada vez cunde menos.
Y este asunto tan importante de la disminución de una de las verdaderas riquezas de las que podemos disfrutar que es el tiempo disponible, está muy relacionado con el aumento de la prisa en un intento vano de ganar tiempo. Y digo vano porque todos hemos experimentado que la prisa, además de hacer desaparecer el gozo de la acción, a donde lleva es al error o al accidente. Otra consecuencia, no menos importante de ésta pérdida de riqueza, es la generalización de la angustia, que no es más que la dolorosa sensación de la proximidad del final del tiempo que cada uno tiene adjudicado.
Nos han sido dados los ciclos solar y lunar para la medición del tiempo, dichoso el que pueda ordenar su vida en función de ellos, seguro que para él fluye amplio y sereno. Para todos los demás nos queda la paciencia, rara virtud y de difícil cultivo en los tiempos que corren.