El cáncer se ha convertido, en nuestra sociedad, en una experiencia común para la inmensa mayoría. Directa o indirectamente todos lo hemos vivido ¿quién no tiene en su proximidad un familiar o un amigo íntimo que haya sido golpeado por ésta enfermedad? Al mismo tiempo son cada vez más los que pueden contarlo, que superan con éxito la dolorosa travesía y experimentan, en una segunda oportunidad, la posibilidad de proyectar de nuevo sus vidas, lo más probable, con una escala de valores muy diferente a la que hasta entonces regía en su cotidianeidad.
Y éste acontecimiento, en mayor o menor medida, nos afecta a todos, nos obliga a una reflexión que ha de poner en cuestión lo importante y lo secundario para que el dolor sea útil en la historia personal de quien lo padece y que en su onda expansiva incida en el necesario cambio que ha de darse en la dirección que nuestra civilización hace tiempo que ha tomado.
Decir que "no tiene un cáncer quien quiere sino quien puede", es hacer referencia a la necesaria disposición previa para el desarrollo de ésta, como de cualquier otra enfermedad. Esto es muy evidente en algunas líneas familiares y en algún tipo de tumor, especialmente cuando se presentan en edades muy tempranas. En ellas la predisposición heredada actúa de forma determinante en el origen de la enfermedad. Cuantitativamente el origen genético no representa más del 10% de la totalidad de los tumores malignos, el resto vienen determinados por los hábitos físicos, dietéticos y emocionales. Nos prometen desde las futuras terapias genéticas la posibilidad de cambiar ésa predisposición y las grandes inversiones y esfuerzos en investigación hace ya tiempo que se realizan en ésa dirección, parece que también la expectativa de negocio es muy grande. Esperemos que el coste en dolor y en monstruosidades no sea mucho más alto que el beneficio prometido.
Pero también es cierto que las herencias biológicas para que sean efectivas han de ser actualizadas y lo que es más importante, está en gran parte en nuestra mano gestionar lo heredado, hacerlo más o menos evidente, actualizarlo o no. De nuestra forma de vivir, de nuestra actitud ante la vida, de nuestra forma de comer, de respirar, de sentir y de movernos, va a depender en gran parte que se desarrollen unas u otras de las tendencias latentes en nuestra hélice cromosómica y en última instancia ante lo inevitable, siempre queda la posibilidad de vivirlo de manera que podamos obtener de ello un beneficio en otro nivel. La observación de la naturaleza nos muestra que después del incendio el bosque se regenera, que lo quemado es alimento para lo que después ha de brotar y que nada se desperdicia ni es inútil.
A parte de la herencia como factor predisponente, ya hace muchos años que desde los medios naturistas llegan voces de alarma sobre la influencia de los contaminantes químicos ambientales, del aire, del agua y de los alimentos, de la importancia de los abonos, pesticidas y substancias de acción hormonal que han pasado a la cadena alimentaria debido a una explotación abusiva, irrespetuosa, tanto de terrenos como de ganados. Y cómo no hablar del aumento de la radiación de fondo a la que todos estamos sometidos debido a pruebas y accidentes nucleares. Ahora ya no cabe ninguna duda, ya no se trata de los alarmistas de siempre advirtiendo del peligro ante cualquier innovación, son hechos palpables y científicamente demostrados que los estímulos químicos ajenos a la nutrición de nuestra especie junto con las radiaciones nucleares incrementadas, ya sean de origen terrestre o espacial (disminución de la capa de ozono), provocan mutaciones que dan lugar a estirpes celulares que nuestra defensa inmunitaria no es capaz de eliminar. Llegados a éste punto cabe hacer una referencia sobre el tratamiento del cáncer ya manifiesto que los oncólogos basan, sin saberlo, en el principio homeopático de curar el similar con el similar ya que emplean para curar los mismos agentes químicos y radioactivos capaces de producir la enfermedad.
También podemos detectar en la historia de la persona que desarrolla una enfermedad degenerativa una ausencia casi total de procesos agudos febriles, catarrales o lo que llamamos crisis de eliminación a través de la piel y las mucosas, enfermedades agudas que nos obligan a sudar, a hacer reposo, a comer poco o nada, a parar y cuidarnos en definitiva y mejor aún si son con fiebre moderada que acelera todos los procesos metabólicos e impide la proliferación de virus y bacterias. Desde ésta perspectiva la lectura de éstas situaciones es, como se ve, totalmente diferente a la habitual. Las personas que nunca se enferman, que dicen poder comer y beber de todo, que fuman sin parar y no tienen ni un moco, que sus excesos de todo tipo no son frenados por la mínima indisposición, no es que tengan una salud envidiable sino que su organismo no emite señales de alarma que les podría hacer cambiar de dirección. Por ésta razón es tan importante respetar las crisis de eliminación y escuchar el mensaje que nos traen, conducirlas y vigilarlas será tarea del médico, pero nunca cortarlas de forma intempestiva aunque aparezcan en momentos inoportunos o nos sintamos tan importantes que no podamos parar.
En general, no queremos que nada nos pare, queremos seguir produciendo y consumiendo en febril actividad. El Trabajo se ha convertido en un dios único al que se sirve también en el tiempo que llaman de ocio pero que visto el frenesí con el que se practica, se convierte en un agotador acarreo de materiales. Este modo de vida hiperactivo, sin descanso, sin tiempo para la reflexión, ajenos a los ciclos que regulan todos los procesos vitales en la naturaleza, aparentemente "liberados" de ella, depredando el entorno con nuestro exceso sin ninguna consideración, es el mismo modelo hipertrófico de actividad de las células cancerosas, liberadas de la regulación general, acaparando la mayor parte de la energía del organismo, reflejan en el interior lo que ocurre afuera. O a la inversa, lo que podemos ver afuera, en el medio social, es reflejo de la realidad interna de cada vez mayor número de gente. La biosfera, de la que formamos parte, funciona como una unidad en la que cada uno de los seres vivos, en la medida de nuestra capacidad, reflejamos lo que sucede a nivel global y emitimos hacia todos nuestra realidad interna. De ésta forma todos somos responsables y víctimas, cada uno en su nivel, de la realidad biológica en la que vivimos.
En nuestro interior, los glóbulos blancos son los encargados de detectar y eliminar los errores que se producen en la reproducción de las células, así como las substancias u organismos extraños que puedan amenazar el equilibrio general, ésta es la especializada defensa celular, clave inmunitaria en la prevención de crecimientos malignos. Va a depender por tanto del estado de nuestras defensas, el que las mutaciones que frecuentemente se generan en la reproducción de las células, sean o no eliminadas en el momento en que ocurre el primer cambio anómalo. Si no es percibida la amenaza, ésa primera célula dará lugar a una estirpe de crecimiento rápido que acapara la mayor parte de la energía disponible estableciendo colonias, metástasis, a distancia que acabarán colapsando todo el sistema. Al no haber percepción de amenaza, no hay lucha y por tanto tampoco síntomas que nos hagan tomar conciencia de la situación, nos lleven al médico y nos permitan intervenir. Hasta que el proceso no está muy avanzado, todo ocurre en silencio y nada hace sospechar lo que está ocurriendo. Este silencio, la ausencia de esfuerzo por parte de la vitalidad amenazada para librarse de las células mutantes, es la causa de la gravedad y eventual incurabilidad del cáncer ya desarrollado.
Hemos titulado ésta reflexión antes y después del cáncer, por que creemos que es antes de que empiece o de que se reproduzca el cambio celular que es posible un trabajo personal sobre los hábitos físicos y emocionales que acompañan y potencian o incluso son causa originaria en muchos casos, de ésta enfermedad. Desde los medios de comunicación se hace campaña contra el tabaco como si fuera éste la única causa conocida de cáncer, pero apenas se dice nada de la cantidad de substancias de acción hormonal y otras desconocidas que la industria química ha introducido en la cadena alimentaria o del efecto conocido del exceso de grasas animales en la dieta especialmente debido a la propia forma de alimentarles y al cruel, irrespetuoso régimen de vida al que se somete a los animales. Pero todo lo que echamos hacia delante nos lo volvemos a encontrar de una forma u otra. También nos comemos la angustia, el miedo y la desorientación del animal sometido a explotación, éstas emociones se expresan en secreciones hormonales, se vehiculan en su sangre y se depositan en su grasa yendo a parar a nuestra mesa. Tampoco los que practican dieta vegetariana exclusiva están exentos de riesgo ya que los tratamientos de la tierra y las plantas hacen que éstas vehiculen productos potencialmente cancerígenos. Solamente los productos biológicos están exentos de peligro en éste sentido. Y en ésto también se muestra la unidad funcional de lo vivo. Nos llueve la basura que hemos tirado.
Ha sido comprobado que la cantidad y sobre todo la eficacia de nuestra capacidad defensiva está directamente afectada por los estados psicoemocionales. Hay quién incluso pretende ver la causa desencadenante del cáncer en un trauma emocional y es muy posible que así sea en muchos casos, pero es exagerado pretender que superado el trauma desaparezcan sus consecuencias, como si alguien que se rompió la mano en un ataque de furia pudiera recomponer sus huesos reconduciendo su agresividad.
Pero sí que hay que tener en cuenta los estados emocionales negativos que persisten en el tiempo, como depresiones no reconocidas que tiñen en gris, durante años, la vida interior de una persona con una aparente normalidad, acostumbrada a un tipo de percepción de su vida que no le permite darse cuenta, excepto por momentos, de que vive atrapada. O las personas que subsisten sometidas a situaciones vejatorias o indignas, incapaces de expresar su agresividad para romper el círculo imaginario que las apresa. Estas situaciones pueden minar la capacidad defensiva y facilitar el desarrollo de crecimientos tumorales eventualmente malignos. Hay que incluir en los factores emocionales predisponentes, las consecuencias de pérdidas importantes, muerte de familiares, desastres económicos, rupturas afectivas, pérdidas de hijos e incluso abortos, todo tipo de situaciones capaces de provocar una grave herida interna para la que no se haya hecho el proceso de duelo adecuado para su cicatrización evitando el cierre en falso. Y lo que es más frecuente y más fácil, en nuestro modo de vida, la huída hacia adelante expresada en la prisa constante y la locura de los desplazamientos a gran velocidad.
Desde las medicinas naturales, basadas en la potenciación de la capacidad defensiva y en la propia fuerza curativa y reequilibradora de la energía vital, se puede intervenir con eficacia en cualquier enfermedad que presente síntomas ya que éstos son reflejo del esfuerzo curativo que el organismo realiza. Pero cuando no los hay, como ocurre con los crecimientos malignos hasta que están muy desarrollados, no hay esfuerzo que potenciar ni energía que conducir para reestablecer la salud. En ésta fase de la enfermedad, la acción combinada de la cirugía, la quimio y la radioterapia será la elección más razonable. El estadío desarrollado del tumor impone, casi siempre, la opción del combate tecnológico, del que a pesar de las grandes pérdidas y efectos colaterales que provoca, se puede salir con la energía suficiente para reconducir la situación. Es el momento del coraje para afrontar una travesía difícil, gran parte del éxito va a depender de la determinación y la voluntad de vivir de la persona afectada.
En la fase de tratamiento hospitalario algunos remedios homeopáticos pueden ser de gran ayuda para reducir los inevitables síntomas físicos y psíquicos colaterales, como el Radium Bromatum, después de cada sesión de radioterapia para aminorar los efectos locales de la radiación sobre la piel. El Cadmium Sulphúricum después de la quimioterapia, si se presentan síntomas depresivos asociados con trastornos digestivos. Y otros más como la Ipecacuana o la Nux Vómica para las nauseas y vómitos, o el Kalium phosphoricum si predomina el agotamiento. El Arnica cuando la situación traumática ha provocado dolorimiento general, el Bellis Perennis especialmente después de la cirugía mamaria y la Staphisagria para las secuelas físicas y psíquicas de la agresión quirúrgica. En todo éste proceso el apoyo moral de la familia y amigos y la ayuda puntual que pueden aportar psicólogos especializados, forman el soporte necesario para el éxito de la terapia.
Toda enfermedad grave provoca un cambio determinante en la forma de vida ya que rompe los hábitos y los automatismos que hasta ése momento llenaban el día a día de la persona afectada y hace volar como paja las falsas ilusiones y fantasías que como un velo cubrían la realidad. Después de la gran batalla que implica el tratamiento convencional, puede comenzar una nueva etapa en la que muchas cosas han de cambiar para poderla expandir y aprovechar plenamente.
Merece la pena detenerse a reflexionar sobre el tiempo, la duración de la vida, el planteamiento prioritario de alargarla y como logro, profusamente publicitado de la sociedad tecnológica, el incremento de la esperanza de vida. Se pone el acento en la cantidad de tiempo vivido y la mayoría de los que hablan de calidad de vida se refieren únicamente a la ausencia de dolor. Todos hemos tenido la experiencia de largos días aburridos y sin sentido y también de instantes que han llenado de significado años enteros de nuestra vida. Cuando hacemos recuento, recordamos momentos y situaciones a lo sumo días que aportan sentido a la totalidad. Cuando paramos de correr, sea porque la vida nos detiene o porque voluntariamente dejamos de huir de nosotros mismos, el tiempo adquiere profundidad y la línea plana de la duración se pliega en valles y se expande. Vivimos de espaldas a la muerte, en una tonta inconsciencia y la enfermedad nos la pone de frente y nos obliga a mirarla. Es la auténtica piedra de toque que nos permite reconocer lo valioso.
Terapias de apoyo para después del tratamiento hospitalario.
La homeopatía, puede ser útil antes durante y después del proceso canceroso. Por su acceso tanto a lo físico como a lo psico-emocional puede abordar los síntomas desde un espectro muy amplio y ayudar en todas las etapas de la enfermedad.
La dietética, la alimentación correcta libre de excesos y de tóxicos es fundamental como prevención tanto de la enfermedad como de las recaídas.
Las vitaminas, antioxidantes y oligoelementos. Forman parte de ése plus que los errores dietéticos hacen necesario antes de la enfermedad y muy importantes en la regeneración posterior al tratamiento.
La psicoterapia para la resolución de conflictos internos, puede actuar como preventiva. En la salida del tratamiento anticanceroso es de gran importancia para reconstruir la vida con nuevos materiales y significados.